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Infancia

Cuando concluía el año 1889, el último día del mismo más concretamente, nacía en el caserío Perune-Zarre de Ataun S. Gregorio, D. José Miguel de Barandiaran. Fue el último de los 9 hijos que tuvieron Francisco Antonio Barandiaran y María Antonia Ayerbe. Dos de los cinco hijos varones murieron en la infancia. Tres de las cuatro hijas fueron religiosas.

Fue el padre de D. José Miguel quien adquirió el caserío y las tierras que cultivaban y que anteriormente tenían arrendadas. Además de labrador era tratante de ganado. D. José Miguel recordaba como, al regresar de las ferias de Alsasua o de Ordizia, depositaba el dinero ganado a la vista de toda la familia. No eran ricos, pero tampoco pasaron necesidades.

La inmensa mayoría de las familias de Ataun era, en aquel entonces labradora. De los 1.000 habitantes que vivían en el barrio de S. Gregorio no había más de 20 personas que supieran firmar.

Fue por los años en que nació D. José Miguel cuando comenzó a circular el primer autobús entre Ataun y Beasain, pero todavía durante la primera década de este siglo se consideraba adinerados a los que hacían uso de él.

La lengua castellana solamente la conocían los curas y algunas personas ricas. Era considerada lengua de ricos e ilustrados.

El ambiente del pueblo y de sus gentes estaba impregnado de vivencias míticas y mágicas. Los niños saludaban a la luna llamándola "lllargi amandrea" (Madre Luna). Pensaban que un puente en el pueblo había sido construido por Mikolas, bajo el que vivían en otro tiempo las lamias y en sus aguas habían lavado las brujas su ropa las noches de luna. También creían que en las cuevas del lugar había vivido Tartalo, antropófago de un solo ojo, y que el "basajaun" (señor del bosque) vivía en los bosques.

Todo ello estaba vivo en el sentir de las gentes y se realizaban habitualmente un conjunto de prácticas, como la de proteger la casa con ramas de espino y fresno la víspera de S. Juan, o protegerse contra las brujas clavando el eguzki-lore (carlina) a la puerta de entrada del caserío.

Todo ello, sin embargo, se realizaba en un entorno cargado a su vez de tradiciones cristianas. Las vocaciones religiosas eran muy numerosas. En la misma familia de D. José Miguel se leían con frecuencia vidas de santos mientras desgranaban el maíz.

Es en este ambiente cristiano, impregnado de mitos y tradiciones muy antiguas, donde se desarrolló su niñez.

D. José Miguel recordó siempre vivamente esta niñez y mostró en todo momento un profundo enraizamiento con su pueblo. Cuando se encontraba exiliado en Sara, subía de vez en cuando a Larrun, porque desde allí se veía Ernio y desde éste a su vez su casa natal. Este enraizamiento tenía como eje central y fundamental el recuerdo y nostalgia de su familia.

Él mismo lo decía: "Es esta simpatía social de la familia la que deja huellas más profundas en la mayor parte de los casos, sobre todo en los hijos de los caseríos, por ser la más intensa, la más continuada, la más íntima, casi la única que por largo tiempo alimenta la vida del hombre".

Sigamos pues con la familia. Su padre no sabía leer ni escribir, pero sabía lo que quería. Se enteró por el organista del pueblo que una de sus hijas tenía afición y aptitudes para estudiar música. Pues bien, ni corto ni perezoso, le compró un piano. Un piano que llegó en un carro de bueyes a un caserío de Ataun a finales del s. XIX. Lo trajo de esta manera desde Ordizia un día de feria. Esta hija entró después en un convento y fue profesora de Música en varios más y organista por fin en St. Bernard de Anglet.

JESUS ALTUNA DK.